lunes 2 de julio de 2007

El destino como azar retrospectivo

Nuestra propensión a convertir la historia personal en relato arrastra inevitablemente consigo toda la contaminación teleológica de la narración convencional, la de un relato ordenado cronológicamente donde el comienzo avanza desde el principio en busca de su final y, en consecuencia, de su sentido. Es la reconstrucción de los acontecimientos en función de su final la que obliga a identificar, en su secuencia, una precisa inscripción significativa, al modo de ese pasatiempo donde la conexión de distintos puntos aparentemente aislados termina revelando la forma reconocible de un animal o de un objeto.

Algo de esto se deja ver en las dispersas observaciones de Hans Blumenberg acerca de la idea del comienzo, contenidas en su ensayo acerca de la anécdota platónica de la caída de Tales de Mileto en el pozo. “No hay comienzos en la historia; se les llama así”, escribe primero. O sea, que el comienzo es siempre un juicio del futuro, el producto de una reflexión postrera que, a despecho de la independencia de los acontecimientos cuando se hallan en curso y son por ello puro discurrir ensimismado, impone al pasado un orden narrativo: comienzo, desarrollo, final: la sucesión de estadios que el concepto aplica a la vida. Por otro lado, el autor alemán añade que “los comienzos con conciencia de lo que comienzan y de lo que ponen en camino serían falsos comienzos”. Lo que, entre otras cosas, quiere decir que existen verdaderos comienzos, cuya condición no es otra que ignorarse a sí mismos, su serlo inadvertida e involuntariamente; porque la falsedad del inicio que se proclama como tal reside en la imposibilidad de que su meta sea fijada previamente. Así Feuerbach: “Equivoca su meta quien ya al comienzo se propone como fin lo que sólo puede ser consecuencia inintencionada e involuntaria del desarrollo”. Se deduce de aquí que el comienzo sólo puede ser identificado y determinado a la luz del final al que condujo: son los finales los que designan sus orígenes.

Pero lo decisivo es que esa designación se produce en un orden distinto al de la realidad, vale decir, en el orden de la narración, del desdoblamiento teleológico que aquélla pone en marcha; es entonces cuando los hechos pierden su autonomía para convertirse en eslabones necesarios de una cadena causal. El orden narrativo es así un orden imaginario. Y la distancia que los separa, en fin, es la misma que salvamos al hacer recuento de nuestros azares y los transformamos en destino.