viernes 6 de julio de 2007

La función consoladora del destino

Tal es la mecánica habitual del pensamiento, el desdoblamiento al que propenden tanto el esoterismo como la metafísica, mediante el cual se anula toda experiencia como tal experiencia, para convertirla en cifra o signo –clave, en fin, cuya concatenación con los que la preceden y siguen da lugar a una interpretación sanadora de la realidad. No hay sucesos autónomos, sino que todos pueden reinterpretarse en función de su acomodo en un esquema trascendental más amplio. Nada es casual; todo responde a un plan; sólo hay que desentrañarlo. Desde luego, la utilidad de este esquema para la literatura no puede exagerarse; y lo mismo cabría decir del cine. Si nada es caprichoso, tampoco hay libertad. Y así, la transformación del azar en destino tiene así mayormente una finalidad consoladora; como dice Ferlosio glosando a Benjamin, el destino es un invento de la desventura. Y desde ese punto de vista, el finalismo teleológico hegeliano no se diferencia del pensamiento mágico, porque en ambos casos los hechos pierden toda autonomía en beneficio de su interpretación. Hegel también es autoayuda.