martes 31 de julio de 2007

Destino y asombro

Hay, en el descubrimiento de que nuestra libertad no era más que destino, un momento de perplejidad primera que antecede a cualquier juicio moral, a toda forma posible de protesta. Este asombro del héroe es bien visible tanto en su forma trágica, clásica, como en una más desesperanzada forma contemporánea. Ejemplo de la primera es el citado Edipo, quien enseguida se sume en la desesperación; de la segunda, el Jack Nicholson que al final de 'Chinatown' comprende que su historia estaba condenada a repetirse, que tenía que perderlo todo, antes de entrar en un estado semicatatónico. En todo caso, el héroe deja de serlo -porque sólo es héroe quien dirije su destino, no quien se limita a padecerlo. Es grosero apuntar aquí que tal es la esencia de la tragedia clásica: la impotente lucha del individuo contra un destino representado por los dioses; en su trasposición moderna, los dioses adoptan la forma del 'contexto social', pero el fundamento no cambia: el individuo sigue luchando contra lo que queda fuera, ya sean los dioses, la estructura social o los demás.

Naturalmente, quien descubre que su presunta libertad no era más que una ficción experimenta una sensación de ridículo, como le sucede en ocasiones a quien desdeña la fe que profesaba. Es el vaciamiento del sujeto, la muerte del hombre. Y si algún fundamento tiene nuestra civilización, es la creencia en la individualidad y la responsabilidad moral aneja, esto es, en el principio de libertad; no deja de ser sorprendente el modo en que nociones como el destino o la predestinación han operado en la cultura negando ese principio. De ahí provienen metáforas tan alambicadas, sobre las que volveré, como aquella según la cual el hombre escribe su destino sobre una página en cuyo envés aquél ya está prefigurado. ¡La libertad de confirmar! Extraña libertad.

Se trataba aquí, en cualquier modo, de subrayar el decisivo momento de estupefacción que experimenta el sujeto que, tras una revelación, contempla su libertad como una ausencia de libertad, y por lo tanto como un destino. Es la inamovilidad del destino la que ejerce su fuerza: en su interior, no es el hombre quien se mueve. Quien creía vivir libremente y se descubre encadenado, no sabrá ya cómo vivir; su perplejidad es el anuncio de una dificultad existencial de primer orden. Algo que, por lo demás, conduce a nuevas preguntas acerca del mecanismo por el que opera el destino, ya que no puede, en principio, atañer a todos los actos del sujeto, sino sólo a los resultados finales de esos actos -¿o sí puede?

1 comentarios:

elpablo dijo...

bienvenido de nuevo!
esta entrada me ha recordado unos versos de esos grandes autores que son los cano bros. que dicen así:

"Aquella noche fue un desastre/no me comi un colin/estas son solo un par de estrechas/nos fuimos a dormir/Pero la fuerza del destino
nos hizo repetir/dos cines y un par de conciertos/y empezamos a salir."