miércoles 4 de julio de 2007

Destino, amor, narración

Todo este asunto se manifiesta con especial claridad en el siempre intrincado ámbito de los sentimientos y las relaciones amorosas, acaso por prestarse como ningún otro a una permanente teatralización basada alternativamente en los dos universos semánticos aquí convocados, los de azar y destino. En ninguna otra esfera de la vida personal penetra con tanta fuerza el lenguaje de destino, cuya potencia fundacional es constantemente invocada para la reafirmación de la pareja qua pareja, esto es, como comunidad de destino –al menos, desde que el amor-pasión se generalizara con el romanticismo y terminase, sorprendentemente, por vincularse incluso a la institución matrimonial y más recientemente a la institución paramatrimonial de la así llamada pareja de hecho.

A decir verdad, no se produce aquí otro fenómeno que la apropiación del azar por el destino, la subordinación de la realidad a su relato: la casualidad originaria que conduce a una persona junto a otra es transmutada, mediante la narración, en causalidad que hilvana unos sucesos con otros y lleva a cada uno de los amantes, a través de distintas peripecias, a los brazos del otro. El lenguaje del amor es así un lenguaje de destino.

Y el mecanismo mediante el que opera no es otro que la romantización del azar, convertido retrospectivamente en necesidad. Esta oscilación permanente del amor entre la realidad de su condición azarosa y la mitología privada de su condición necesaria está inmejorablemente expresada en aquel encuentro de Nietzsche con la última mujer a la que quiso amar antes de su final: el filósofo la abordó fascinado, preguntándole “desde qué planeta habían venido a encontrarse”, a lo que ella replicó: usted no sé, pero yo vengo de la calle de al lado. Destino contra azar.

Y es peculiar de las relaciones amorosas felices, o de las relaciones amorosas mientras son felices, regresar una y otra vez a ese momento inicial, en una suerte de narración permanente de aquellos instantes decisivos en los que aquello que podría haber sido una separación eterna se convirtió en una una unión sin final ya visible. Esta novela de la pasión suele abarcar igualmente la fase inicial del idilio, cuando todo transcurre como por encantamiento, ayudado por la voluntad convergente de las dos partes en un propósito común. Esta historiografía íntima se recrea en aquellas amenazas del azar finalmente vencidas por el destino, mediante la figura de los contrafácticos: si yo no hubiera entrado a trabajar allí, si tú no hubieses renunciado a aquella beca en el extranjero, si yo no hubiese roto mi compromiso anterior. La complacencia de los amantes en estos pequeños detalles sirve, en una primera época, para expresar la arrogante felicidad de quien se siente protegido por su destino; más tarde, son diques de contención contra la marea del desencanto, a modo de invocación de la vieja plenitud amorosa. En ambos casos, el memento amare opera a modo de sortilegio, dirigido a perpetuar la vigencia del orden amoroso establecido: el recuerdo de su fundación contribuye a perpetuarlo.