Antes que una perversión de la moral, el destino es una costumbre de la razón. No podemos vivir sin destino, por más que nos esforcemos en defender la primacía del azar: la sustitución del pensamiento religioso por el razonamiento ilustrado no ha hecho más que llenar de vino viejo los odres nuevos –para provocar la misma borrachera de sentido, la misma ebriedad consoladora de la explicación. Porque, lejos de transformar el azar en antónimo del destino, nuestra cultura y nuestro lenguaje ponen constantemente de manifiesto lo contrario: que el azar es transformado en destino mediante su sujeción a un patrón narrativo y a una teleología de la que no podemos ni queremos escapar. Todo aquello que nos acontece es inmediatamente contemplado a la luz de nuestra más amplia perspectiva biográfica y subsumido en ella, mediante un perverso encadenamiento de causas y efectos que aplica a nuestra vida los mecanismos narrativos tradicionales, con sus vicios característicos –señaladamente la supresión de la singularidad única de cada experiencia, en beneficio de la dación global de sentido.
De este modo, el pasado se convierte en historia, el suceso aislado en elemento imprescindible de una cadena de causas, el azar en destino. Toda narración es una teleología –una imposición externa de sentido. Y en consecuencia, aquello que se nos aparecía con la desnuda fuerza de lo fortuito, termina revistiendo la apariencia del significado: en nuestra desidia laboral estaba prefigurada la posterior felicidad de la nueva ocupación, en la pérdida del tren el posterior encuentro hecho así posible con la futura esposa, en la infancia difícil el enfrentamiento con el padre: las posibilidades son tantas como sucesos imaginables. Esta prodigiosa transformación del hecho en significado no distingue entre pensamiento mágico y pensamiento racional, sino que se vale de recursos distintos; en ambos casos se traza una línea de atrás adelante, donde el resultado final termina prefigurando sus causas, iluminando aquello que lo precede con el dudoso farol de una ambigua predestinación. También los hechos, los obstinados hechos, terminan siendo así destino, cuando se los subsume en una explicación más amplia –en un significado.
Rechazada la interpretación fuerte de destino, éste reaparece en una forma más débil pero acaso más pregnante, como transustanciación teleológica del azar, cuya pura ocurrencia no podemos soportar sin más: la idiotez de lo real de que habla Clément Rosset, su no decir nada en sí misma, es demasiado para nuestra necesidad cotidiana de consuelo. Necesitamos, en fin, un destino. Pero ese destino no es más que una fantasía retrospectiva. El antagonismo de azar y destino desemboca así en su identificación.
De este modo, el pasado se convierte en historia, el suceso aislado en elemento imprescindible de una cadena de causas, el azar en destino. Toda narración es una teleología –una imposición externa de sentido. Y en consecuencia, aquello que se nos aparecía con la desnuda fuerza de lo fortuito, termina revistiendo la apariencia del significado: en nuestra desidia laboral estaba prefigurada la posterior felicidad de la nueva ocupación, en la pérdida del tren el posterior encuentro hecho así posible con la futura esposa, en la infancia difícil el enfrentamiento con el padre: las posibilidades son tantas como sucesos imaginables. Esta prodigiosa transformación del hecho en significado no distingue entre pensamiento mágico y pensamiento racional, sino que se vale de recursos distintos; en ambos casos se traza una línea de atrás adelante, donde el resultado final termina prefigurando sus causas, iluminando aquello que lo precede con el dudoso farol de una ambigua predestinación. También los hechos, los obstinados hechos, terminan siendo así destino, cuando se los subsume en una explicación más amplia –en un significado.
Rechazada la interpretación fuerte de destino, éste reaparece en una forma más débil pero acaso más pregnante, como transustanciación teleológica del azar, cuya pura ocurrencia no podemos soportar sin más: la idiotez de lo real de que habla Clément Rosset, su no decir nada en sí misma, es demasiado para nuestra necesidad cotidiana de consuelo. Necesitamos, en fin, un destino. Pero ese destino no es más que una fantasía retrospectiva. El antagonismo de azar y destino desemboca así en su identificación.
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